En la pequeña ciudad de Quero, al sur de Madrid nace Fernando, hijo de una de las familias mas acaudaladas y de tradición que han llevado con mucho orgullo el mismo apellido de la Ciudad.
Fernando el hijo único del primogénito de la familia Quero, creció en cuna de oro y con todas las comodidades de la época, sin embargo experimentó desde los seis años de edad el vació de ser huérfano de padre y madre.
Sus abuelos legaron la custodia y educación por solicitud de su padre en agonía de muerte a su criado de confianza llamado Kendall.
Kendall, un devoto hijo de Dios de alma equilibrada y noble, de mucha templanza y tenacidad, de carácter explosivo pero con alto dominio de si. Amante de la naturaleza y de la literatura; experto diestro en las armas blancas, mosquetones y rifles que hacia sentir a los mejores atletas como débiles mancos rencos ante su trenzada musculatura y destreza de felino.
Sus principales dones divinos: mago con números y finanzas; además de su innata capacidad en el habla y la oratoria que lo complementaba perfectamente con el dominio de cuatro idiomas y tres dialectos africanos que aun en nuestra época se podría llamar superdotado. Pero su peor pecado fue haber nacido con las palmas de las manos del color de la nieve y su tez de noche sin luna y estrellas.
Kendall, acepta la promesa de ser padre célibe del pequeño Fernando, ante el implacable paradigma de gestar un hijo en un mundo de tanta ignorancia y diferencias. Kendall, la mejor mamá que cualquier persona quisiera tener. La paradoja de su vida es convertir al joven Fernando con nobleza de Conde en un hombre de alma blanca en un entorno de almas negras y a su vez comandar la dura batalla de mantener los negocios familiares diseminados en los tres continentes.
Fernando, sensitivo a la naturaleza, supo descubrir en el roció africano las lagrimas de la sencillez que cualquier príncipe quisiera tener, muchas tardes de su infancia antes de jugar mimetizaba su piel con las cenizas del hollín de los calderos humeantes, que lo hacían sentir por un instante verdadero hermano de sus hermanos.
Creció entre safaris y navíos, multitudes y silencio; ejercitando su alma con la rutina sudorosa del trabajo diario que ayudo a cristalizar en su ser las cualidades y virtudes que su padre Kendall le heredara en vida, antes de su partida a la gloria, escoltado por Ángeles.
Entre mundos y sociedades multiétnicas, multirraciales y pluriculturales, supo darle significado a su titulo de Conde: “Un verdadero guerrero Noble, de nobleza infinita”. Su voz de trueno con impacto de cañón, lograba hilar delgadamente las mejores negociaciones, convirtiéndolo en el mejor comerciante de la historia. Políglota como su padre putativo, aprendió a dominar el idioma universal, el idioma que sobre pasa género, raza y edad, el idioma de una sonrisa sincera.
Fernando, Fiel a su trabajo, fiel a sus mujeres; esclavo del comercio pero libre en el amor. Perseguido por la irónica burla del destino… lo tenía todo pero no tenia nada. Empresario nómada enemigo del sedentarismo, supo disfrutar de su fortuna en expediciones y safaris que lo retaran a conquistar mundos vírgenes de tornasoles y aromas hostiles.
En su ultima travesía la vida cachetea al Conde con el mal del rey o plaga blanca, la maldición de las maldiciones, la tuberculosis. La caquexia (gr.: kachexía: mal estado) maquilla su escultura griega con matices grises en extrema desnutrición, atrofia muscular, fatiga, debilidad entre los mas visibles. Pero lo único que no toca es su alma, ni el telón de su dentadura.
El Conde, escuchando la caída libre de las minúsculas partículas del reloj de arena, con convicción de capitán, dirige su rumbo a la ciudad de Cartagena, la ciudad del karma, como el la llamaba, ya que sabia que cada piedra, cada roca de la fortificada muralla, le había robado el aliento a millares de serafines de piel de betún que sus ancestros habían traficado orgullosamente como animales domésticos.
De regreso a la soledad de su majestuosa Casa Quero de sucesión familiar, ubicada en el barrio de San Diego, el Santo de los pobres herreros, jornaleros y artesanos y al extremo de los distinguidos: Los pavoneados Marqueses y Condes de nobleza presumida.
El Conde, haciéndole antesala a la muerte, decide vivir en extrema soledad en su planta alta, cuidándose a si mismo de los látigos del dolor de su contagiosa enfermedad, que en su plena lucidez y egoísta a la comodidad prefiere evitar a toda costa contagiar cualquier otra alma de su karma ancestral.
Sentado en sus llagas, escucha la suave voz de una joven negra que supo burlar las trancas de los portones y le hace abrir sus ojos, con respiro fatigado le pregunta amablemente el por qué de su imprudencia al irrumpir en su privacidad de su propiedad.
Ana del Mar, una mujer bella desnutrida se arrodilla ante el Conde y le suplica que la deje morir con él, ya que su padre recién había muerto del mismo mal que también ella era portadora. A cambio de una ración diaria de comida ella seria su criada incondicional.
El Conde Quero, sonríe con sus ojos, porque fuerzas no tenia ni para gemir y apretando entre sus manos las de ella pacta un contrato de compromiso con esta joven tres veces menor que él.
En aquellos tiempos de racionamiento por alimentos, esta casa siempre estuvo llena de bendiciones austeras. El día florecía ante en las risa y carcajadas de las prolongadas tertulias y lecturas, que no respetaban madrugadas y atardeceres. Entre la polaridad de las diferencias: ella pobre, analfabeta, joven, de color; él de titulo de nobleza, acaudalado, ilustrado, blanco y con casi cinco décadas de edad; construyeron poco a poco una profunda amistad cristalina, pura y sincera que ningún poeta pudiese describir.
Las rayas de carboncillo en la pared, que contaban los días para el profundo sueño, cada vez se mofaban de la viuda muerte. Las lágrimas que se derramaban en los balcones eran de alegría y las contagiosas carcajadas de dos infantes picaros y traviesos que escondían sus cabezas después de haber lanzado agua a los inocentes caminantes por la calle del Quero.
Los amaneceres eran cada día más esperados para reiniciar las travesuras de las dos almas perdidas reencontradas por el destino. Los malestares del karma se durmieron en estos dos personajes, como un milagro inminente, el amor los había curado.
Agradeciendo al Creador de haber soplado milagrosamente sobre ellos, sin dejar cenizas de tuberculosis. Postrados rostro en tierra hicieron la promesa de cambiar sus vidas por vidas de pescadores y se embarcaron hacia una isla de las Antillas en la cual existe un rumor que dice que en una ciudad amurallada de baterías y cañones existe una casa y una calle con el mismo apellido del pescador Quero, en la cual, cualquier persona que la visite con un dolor en el alma y un amor imposible… se cura o se vuelve realidad.